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Aparecida: una historia compartida

Aparecida: una historia compartida
Su suerte pudo ser la misma de cualquier animal callejero, deambular calle arriba y calle abajo buscando el sustento, pasar entre las piernas de la gente que los apartan de un tirón, o escarbar en la basura llenos de enfermedades.
Lo cierto es que la vida de esta perrita cambió hace tres años cuando llegó al edificio 59 del reparto Hermanos Cruz, en la capital provincial de Pinar del Río. Tal parece que le gustó la alegría de los niños y la sonrisa franca de sus habitantes.
Nadie supo de donde venía, pero el sangramiento mostraba que su salud estaba deteriorada. Ese fue motivo suficiente para que los vecinos la bañaran y curaran. El perrito recién nacido que la acompañaba murió  a los pocos días.
Ya restablecida se quedó en el edificio. Alguien le puso como nombre Aparecida y ella comprendió que su tarea era cuidarlos por las noches. Por esa razón quien visitara el edificio después de las doce recibía sus ladridos furiosos.
Su pelo volvió a tener varias tonalidades de carmelita y los ojitos se le   colman de alegría cuando la llaman de algún apartamento para  que se coma los huesitos y las fritas que Caqui y Mario le han traído, o a probar los dulces de Olia o Marieta.
La tranquilidad se desvaneció la noche que Aparecida yacía triste en un rincón de la casa de Ana, los vecinos se reunieron y decidieron llevarla de nuevo al veterinario. Este dictaminó que los pólipos le causaban dolor. Solo quedaba la posibilidad de hacerle la histerectomía.  Todos ayudaron, pero Ana, quien es transfusionista de Maternidad desde el año 1977 le dedicó todo su amor. Le curó los parásitos  y pacientemente durante tres meses le hizo la hemoterapia.
El día fijado para la operación todos se pusieron en función de Aparecida. Magda hizo el  traslado en su carro, Caqui pago la operación y Marieta se encargó de hacerle una suculenta sopa. Los demás aportaron anestesia, torundas…todo lo necesario.
Aparecida rebasó un infarto pero al abrir lo ojos vio a las personas que más quería y a pesar de ser un animal  intuyó que la felicidad te puede estar acechando en cualquier lugar.  Por siempre pertenecía a esta gran familia.
A partir de ese día la perrita Aparecida decidió vivir en la casa de Ana, pero atenta espera que alguien le llame para ir a buscar sus golosinas preferidas, y no olvida la vigilancia del barrio.
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