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Testimonios de una mujer

Testimonios de una mujer Después de 15 años, María Peña se decide a contar su historia. Todavía titubea. Aunque en su cuerpo no existe herida que recuerde aquel lance, hay golpes a las creencias, a los sentimientos, cuyas cicatrices son invisibles y, a la vez, imborrables. Las palabras, sostén de las ideas, pueden desbaratar en minutos la confianza en los demás, los conceptos morales enarbolados.Fue en aquella reunión cuando…Dejemos que María hable:“Mis compañeras del taller lo sabían. Mi hijo me estaba dando muchos dolores de cabeza. No quería estudiar. Y el colmo fue cuando busqué el dinero que tenía guardado para el pago de la casa. No estaba. No pude contenerme y cuando le pregunté y se rió, le fui para arriba y le pegué. Fue sólo un galletazo (cachetada). El salió y yo me quedé llorando y llorando. Nunca le había pegado.“Ellas lo sabían, como sabían también que yo estaba pasando por los males del cambio de vida, por eso que nos da calores y ganas de llorar aunque no tengas motivo, pero yo sí los tenía. Ellas me veían ir a los servicios sanitarios a menudo, a cambiarme porque me iba en sangre. Me atrasaba en el trabajo, trababa la máquina con mis nervios de punta.“Sí. Al yo atrasarme, atrasaba a las otras. No era por mi gusto, nunca había sido así. A veces, cuando manejaba la máquina, no veía la tela, si no a mi hijo, pidiéndome lo que yo no podía darle. Y les daba a los botones con rabia, con fuerza.“Nos reunieron a todas en el taller. La jefa del turno era mujer pero, por encima de ella, todos los jefes eran hombres. Primero se habló de las metas de producción que había que cumplir, que se estudiaba la reducción del personal, que este turno estaba fallando y, en un momento, escuché mi nombre.“Yo salía como ejemplo de lo mal hecho, y yo no era la única culpable. Hablaba la jefa de turno. Las piezas incumplidas eran dinero dejado de ganar por todas porque los salarios eran a destajo. Miré a mis compañeras. Callaban. Era muy duro hablar, delante de hombres, de mis pantalones manchados de sangre.“Ellas eran mujeres igual que yo. Padecían de los malestares mensuales, de la llegada cansada a la casa, a cocinar, limpiar, fregar. A terminar más cansada en la noche para, al otro día, volver a empezar con lo mismo. Cary, la que trabajaba en la máquina al lado mío, muchas veces me hablaba de su soledad, pues el marido se le había ido con una jovencita. Y yo la consolaba. Y ahora estaba ahí, callada.“Esta Cary, sin levantar los ojos del suelo, pidió permiso para hablar. Y habló. Y dijo que yo había cambiado tanto que hasta le pegaba a mi hijo, que yo era una mala madre. Quedé paralizada. No podía ser. Ella sabía lo de mi hijo, que yo lo había criado sola, sin padre. El jefe principal se revolvió. Me miraba como si yo fuera una cucaracha. Aquello era peor que las telas rotas. Me aplastaban, me aplastaban.“Y delante de mi estaba José, el mecánico. Su mujer, varias veces, vino al taller, a buscarlo, a reclamarle por qué no le daba nada para sus hijos. Nunca se lo habían dicho en una reunión, ni a Pablo, que una vez vino a verlo una mujer con un hijo regado que tenía por ahí. ¿Y el chofer de la camioneta? Él faltaba. No porque tuviera dolores en el vientre, sino por las borracheras y eso todos lo sabían. Pero eran hombres.“Pero en verdad, lo que me partió el corazón, lo que me marcó para toda la vida, fue el silencio de las mujeres…”Desborda de Marías este continente. El nombre heredado de la madre de Jesús, hecha para el sufrimiento callado y la obediencia a los hombres, condiciona las actitudes que enroscaron el destino de esta María.

1 comentario

Dainarys -

hola, Mary, muy bueno tu post. Aunque las mujeres estamos tomando el lugar que nos corresponde en la sociedad, todavía quedan muchas Marias en el mundo.^
Un beso, Dainy